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Nueva curiosidad
Mi foto de La Mona Lisa
Hoy vamos sobre “el turismo de masas”.
Este verano he tenido la suerte de conocer esta grandiosa ciudad llamada París, la ciudad de la luz. La ciudad más turística del mundo donde las gentes de todo el mundo pueden mezclarse sin muchos problemas de raza, procedencia, sexo, edad o religión.
Gracias a que ahora los vuelos son cada vez más baratos (y a nuestros amigos que nos brindaron la oportunidad de quedarnos en su casa) puedes plantearte ir con un presupuesto algo más holgado, vital para poder disfrutar de la caríiiiisima París.
Lo que más me ha sorprendido, además de las dimensiones de todo y los monumentos míticos sobradamente conocidos, ha sido la cantidad de turistas y el fenómeno de “la foto”.
Desde el nacimiento de las cámaras digitales sacar una foto es tan barato que ya pocos nos planteamos de qué estamos tomando la foto o cómo. Luego, llegamos a casa con cientos de fotos que casi nunca encontramos tiempo para poder ordenar, repasar o machacar a los amigos con ellas. Que gran momento ese de ir a casa de unos amigos a cenar y que te suelten el “vamos a ver las fotos del viaje!”… aunque he de confesar que yo para eso soy algo masoca y me gusta verlas y comentarlas.
Este fenomeno hace cosas tan curiosas como que la mayoría de la gente obvia totalmente los lugares que visita y muchas veces se limita a “capturar” los puntos más típicos. Hacemos colas para llegar a un lugar, decir “un,dos,tres.. cogido” y volver a otras colas. Y en esta ciudad, París, con los millones de turistas que la visitan, este afán se sublima en el lugar que nadie que visite París puede volver sin haberlo visitado. El museo del Louvre con sus 6 millones de visitantes anuales.

Aquí existe una de las mayores colecciones de arte de todo el mundo (o quizás la mayor) con tesoros estéticos e históricos que reflejan el largo camino que ha recorrido la humanidad en más de 4500 años. Existen vestigios de las civilizaciones Persas y Egipcias, grandes obras de la grecia clásica pasando por el renacimiento y hasta el siglo 19.
Aquí, entre tanta belleza que uno se llevaría semanas deleitándose con ella, aquí es donde el turista accidental intenta acaparar en pocas horas la mayor cantidad de “foto-pruebas” posibles que demuestren que ha estado allí. Existen tres puntos claves de este via crucis particular: La Victoria de Samotracia, la Venus de Milo y ¡como no! La Mona Lisa.
En estos tres rincones las mareas de personas arrecian como las galernas del Cantábrico al llegar a Finisterre, pero donde observamos el fenómeno más curioso es con La Mona Lisa, que tras el polémico éxito literario de Dan Brown es aún más buscada.
Entras por una pequeña puerta en una sala con techos altísimos y que tiene la friolera de 840 metros cuadrados (unos 20×40 metros). Allí al fondo, delante de una masa de gente, se encuentra el pequeño-gran cuadro del genio Italiano. Haces una cola de varios minutos y al final consigues acercarte a unos 5 metros de distancia para entre: cabezas, codos, cámaras que se levantan y algunos desalmados flashes, intentar apreciar a través de un cristal antibalas pero no antireflejos la grandeza de la obra. ¡TODA UNA AVENTURA!
Como contrapunto, en la pared frente a este cuadro de unos modestos 77×53 cms, se encuentra un magnífico cuadro de Paolo Caliari sobre las bodas de Cana de unos 7×10 metros que impresiona no sólo por sus medidas sino por sus detalles que poco tienen que envidiarle (en mi humilde incultura) a La Gioconda.
Leonardo siempre ha sido uno de mis ídolos por sus múltiples talentos, pero este triste espectáculo supongo que sonrrojaría cuando menos al reservado genio.
Y aquí termino ya el comentario de hoy, con una muestra del tan preciado tesoro que consiste en tener ¡mi propia foto de La Mona Lisa!





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