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07
Nov
07

el universo desde una cascara de nuez (uno)

Parafraseando al genial Stephen Hawking, inauguramos una nueva serie de mensajes (no se cuantos aún) sobre mi viaje de este puente del día 1 de noviembre.

El objetivo del viaje era traerse un velero de 33 pies (unos 10 m.) desde Barcelona hasta algún sitio de la costa andaluza, lo más cercano posible. La tripulación del velero consistía en un experimentado patrón, dos aguerridos mariner@s (chico y chica)… y un servidor que lo más que había navegado era en algún ferry en ríos y unas 12 horas de curso de vela hace una piara de años.

En estas primeras aproximaciones quisiera hablar de las cosas que más me han impresionado sobre el viaje en si. Para siguientes entregas hablare más de las personas, los lugares y lo bien o mal que se puede llegar a pasar.

Comencemos esta singladura…

Felpudo del Tortuga

Madrugada del día 2 al 3 de noviembre, en algún sitio del Mare-Nostrum entre las duchas del puerto de Torredembarra y el bar Carámbano del puerto de moraira, haciendo guardia mientras miras repetidamente el rumbo en la brújula y vas corrigiendo con vaivenes del timón las desviaciones provocadas por las mecidas del incansable y machacón mar de fondo, fiel amante desde que partimos.

La noche es fría y limpia, la costa está tan lejana que no se ve más que el fulgor de las luces detrás del horizonte, con un cielo sin luna todavía donde brillan todas las estrellas conocidas; con mi compañero de guardia, sentado ahí cerca en la bañera del barco, pero lejano mientras navega a su vez quien sabe por que mares de su mente; con toda la eternidad para pensar y con algo más de sueño del que hubiera preferido tener…

… este es el panorama en el que de repente uno se descubre a si mismo como un pequeño electrón del universo, dentro de una cascara de nuez, navegando por un mar infinito como el tiempo.

En ese momento vienen a tu mente tantas y tantas personas que han dedicado su vida al mar. Unos por trabajo, otros por pasión, otros por aventura y otros porque no tuvieron más remedio. Todos seguramente tuvieron alguna vez este sentimiento profundo de fascinación. Todos ellos han pasado para mi a cotas mucho más altas de consideración. Nunca antes había pensado en la cantidad gente que cruza cada día algún rincón de ese inmenso mar que cubre una gran parte del mundo y en lo difícil que podía llegar a ser hacerlo. Nada es sencillo, pero navegar en grandes distancias conlleva unas dosis de fe y cálculo nunca imaginadas para mi… pobre iluso.

Uno, en su inocente vivir, cree que todo es tan sencillo como cuando vas en tu coche por la autopista. Que basta con ir siguiendo un camino de baldosas amarillas (o negras) para ir desde A a B. Que fácil es ¿verdad? Cuan distinto es el mar.

Supongo que sensaciones parecidas se deben sentir en lugares como el desierto, la selva o los polos. Sin embargo, a la sensación de encontrarse perdido en un plano X-Y, en el mar podemos añadir la incógnita de la coordenada Z, la inmensa profundidad del mar. El sentirse a salvo en ese pequeño cascarón de fibra que te resguarda de perderte en el oscuro fondo. Esa coordenada Z que el sonar marca como «DEPTH —» porque sobrepasa las capacidades del limitado aparato. Esas entrañas oscuras.

Sin embargo no quiero que penséis equivocadamente que sientes miedo, no. Es algo más grande que eso. El miedo no existe esta noche. No, porque ya has comprendido que las leyes físicas están para apoyarte; que Arquímedes ya sentó las bases para racionalizar el misterio de la navegación y que ese invisible guía nocturno que es el magnetismo terrestre, personificado en una roja brújula que marca tu rumbo, son los puntos de apoyo de la fe que nos permitirá llegar a puerto, donde al fin nos sentiremos otra vez en la seguridad sólida de la Tierra.

Más bien podría deciros que nuestro homo-céntrico quehacer diario, ese vivir alrededor de uno mismo pensando sólo en el restringido ámbito del día a día, nos hace mucho más pequeños y limitados de lo que realmente somos como seres humanos. Somos mucho más que esas ocho (o más) horas de trabajo o ese fin de semana con atasco a la vuelta.

En resumen, podría deciros que en estos días me he sentido vivo de otra forma, capaz de mirar a los ojos a las estrellas. He comprendido de nuevo cuan grande es nuestro universo, aunque sea visto desde una cáscara de nuez.

Gracias por darme esta oportunidad, Rog.

Continuará…




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